Orígenes
Antes de que existiera el mundo, solo había un río: el Río Primordial, maná en su forma más pura, sin principio ni fin, sin luz ni oscuridad, sin nada que lo distinguiera de sí mismo. En un instante que ningún calendario podría fechar, una perturbación mínima —la Primera Onda— recorrió el río de extremo a extremo. Y algo que cambia, tarde o temprano, despierta.
La onda dejó tras de sí remolinos de maná cada vez más densos. Uno a uno, con el tiempo, empezaron a comprender lo que eran, y con esa comprensión llegó la capacidad de moldear el maná desde dentro. Así nacieron los Dioses Primordiales: no creados por nadie, sino despertados desde el propio río.
Los dioses comprendieron que el maná puro, por vasto que fuera, no podía sostener nada permanente. Así que tomaron el mismo río que los había engendrado y comenzaron a ordenarlo: primero el espacio, después el tiempo, y finalmente la materia —roca, agua, aire— hasta dar forma a un mundo entero, quieto y estable. Nació así Sacred Genesis. Pero un mundo vacío es, en el fondo, apenas distinto de no tener mundo.
Para remediarlo, los dioses idearon el Núcleo de Maná: un fragmento de maná propio que cada ser vivo llevaría consigo, capaz de sostenerlo incluso cuando el mundo cambiara a su alrededor. Nacer sería despertar con ese fuego pequeño ya latiendo dentro; morir sería dejarlo ir, devolviendo su maná al mundo que lo prestó. De ese ciclo nació la primera vida, humilde al principio, y con el tiempo cada vez más diversa.
Sacred Genesis, sin embargo, seguía siendo un mundo joven e inestable: los ríos cambiaban de curso sin aviso, la tierra se abría y volvía a cerrarse. Los dioses dieron entonces forma a los Titanes, seres de maná y materia a una escala que ninguna otra criatura alcanzaría, cada uno con una única tarea grabada en su ser. Fijaron el curso de los grandes ríos, alzaron las cordilleras y hundieron los valles donde un día crecerían ciudades. Cuando su obra estuvo terminada, desaparecieron sin dejar rastro salvo sus ruinas.
Con el mundo ya firme bajo sus propios pies, la vida siguió su curso durante incontables generaciones hasta que algunas criaturas aprendieron a preguntarse por qué el mundo era como era. Así despertaron las razas inteligentes, cada una con un Núcleo de Maná propio latiendo bajo la piel, la escama o la corteza —y, con el tiempo, la capacidad de escuchar el maná del mundo entero. De ese descubrimiento nacería, generaciones después, la magia tal como se conoce hoy.